martes, 7 de abril de 2020

Salir de la zona de confort




   Hemos pasado otra semana en casa confinados, con nuestros hijos, nuestras familias o incluso solos, por obligación y sobre todo y más importante, porque no queremos contagiar a quien más queremos.

   Pienso en estos días en lo que queda por venir y lo que ocurrirá después.

   Pienso en estos días en lo que ya ha ocurrido y como se han comportado tanto alumnos, como familias y profesorado de mi centro, y he de decir que de forma encomiable; además quiero hacer hincapié en la buena disposición de todos. Cada sugerencia ha sido con cariño y educación; cada propuesta, desde el respeto al otro; tal vez nos hayamos dado cuenta de la empatía para con el de enfrente, y eso me gusta.

   Pienso, a raíz de esto, en algún artículo de psicología positiva que todos hemos tenido de cabecera, donde se proclamaba, donde proclamábamos, yo incluido, la necesidad de salir de la zona de confort para desarrollarse y ser feliz y ahora la vida misma nos ha sacado de esa zona, pero a garrotazos. Sin piedad, ni contemplaciones, estuviéramos o no preparados. Este brusco cambio es lo que me hace reflexionar en el día de mañana, no como fecha, sino como evento vital de mis alumnos y sus familias, de mis compañeros de colegio y mis colegas.

   Cuando uno, como ser psicológico, se plantea hacer un cambio en su vida, hace una proyección de lo que será después de ese cambio, lo visualiza, se lo imagina, y cuándo el cambio viene dado desde fuera, sin que uno mismo lo haya proyectado, ocurre lo mismo que en cualquier proceso de duelo: la negación, la ira, la negociación, la tristeza y la aceptación.

   Si aceptamos que estas emociones nos van ocurrir, seremos capaces de gestionarlas mejor. Además, si aceptamos que estas fases les van a ocurrir a quiénes conviven con nosotros, seremos capaces de ayudarles, sobre todo a los más pequeños.

   Negamos los hechos con memes, chistes, bromas, esperanza y humor, nos ayudan a sobrellevar los hechos. Si relativizamos los hechos que no queremos que ocurran estamos activando mecanismos de defensa naturales.

   Nos enfadamos, nos irritamos y lo pagamos con quién creemos que tiene la culpa, pero en ocasiones no hay culpables, solo hechos objetivos.

   Negociamos con nosotros mismos cómo gestionar la nueva situación, reubicamos nuestras necesidades y nuestra escala de valores. Nos damos cuenta de lo que teníamos y ahora no tenemos, y esa fase engancha directamente con la siguiente, la tristeza, ya que al ser conscientes de la ausencia echamos de menos su cotidianeidad.

   Manifestamos tristeza, en este caso en el que nos está tocando vivir de un modo más tranquilo que cuando fallece un ser querido y allegado, pero el sentimiento es el mismo. Reducimos nuestra respuesta fisiológica, nos manifestamos más abatidos.

   Por fin llega el momento de la aceptación y de asumir conscientemente la situación en toda su plenitud. 

   Estas fases, por las que también pasarán nuestros pequeños, deberían desembocar en la reflexión de lo que está por venir, de sus consecuencias y de los nuevos comportamientos que como adultos les vamos a tener que enseñar. Como adultos, padres, docentes, vamos a tener que remodelar determinados mensajes educativos. Veremos cuáles son, en qué medida y durante cuánto tiempo.

   Termino con esa sensación de haber salido de mi zona de confort, aunque me alegre, a garrotazos.